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Las culpas abiertas

Superficie del cansancio
El que un hombre esté triste como yo no es razón para que me eches en cara la forma de mi sombrero. Te lo brindaría al sol, tendido, si te gustase. Pero me gustan tus ojos, me gustas tú y no es porque me engañes sino porque la campiña ha perdido todos sus accesorios. ¡Esencial! Aquí en la capital es donde mejor se adivina. Tú eres hermosa como la hoja del almanaque. Día a día lo vengo comprobando. Y no esperes que yo te mienta, porque me duele la caja del pecho de tanto almacenar ilusiones. Toda mi sangre viene cantando la misma canción acompañada, reíos, reíos, de una pandereta. Tan, tan. Tan, tan, tan, tan. Las rodajas de lata os las serviría yo a todos para que comulgaseis con mis sentimientos. Pero vosotros tenéis el pelo rizado, convulso, y parecéis eléctricos. Me resultáis admirables. Inservibles. Desmontados. Solo tú, la de siempre, sacas la lengua porque has comprendido que le va muy bien al crepúsculo. Con la punta tocas la pura miel que él te sirve y encuentras muy endebles todas mis objeciones. No, si no te discuto. ¿Pero no comprendes que empequeñeces la naturaleza así, con tu servilleta prendida? Luego pretenderás degustar el café y exigirás en él unos inéditos puntos, luceros, que no interrumpan su silencio. ¡Ah, qué doméstica! No me mientes el común, el resobado, el ya desleído aguardiente y agua. ¡Ah, qué harto estoy de amaneceres! Cada hora un manjar, un espíritu. ¡Materialista! Y todo porque te has comprado un sombrero de paja, pamela italiana, y has sentido crecer todos tus dedos para prolongar la languidez de tus gestos. El aire está poblado de cintas que se enredan cada vez más a cada ondeamiento de tus manos en desmayo. A ver, ¿no hay por ahí un jazz? Por de pronto arráncate ese sombrero. Pero tienes las caderas tan finas que si te estrecho te daré dos vueltas con mi brazo. Me desenredo de tu cintura rápidamente, y qué bonito trompo luminoso, vertical, con música. Te amo, perinola: canta. Todo el paisaje, monocorde, lírico. Tendida, abres los ojos y todos giramos a tu alrededor. Te lo figuras. Hasta la falda de tu vestido conserva no se qué forma centrífuga, impaciente, y tus muslos parecen de plata. Papirotazo y: ¡clin! Cómo suenas, inhumana. Pero no me beses que tus labios tan rojos me saben a minio. Ese broche —no te enfades— que llevas sobre el pecho me parece una gota de estaño. Sí, sí, tienes razón: es la hora de volver a casa y de colarnos mientras la puerta se desquijara de aburrimiento. Pero si tú pretendes servirme la cena se callarán todos los ruiseñores. Porque su plumaje es de música y se quedarán hechos calderón de silencio. Tú te columpias sobre mis dudas enseñándome bien las piernas. Si te descuidas me serviré un helado con tu tobillo, porque amo sobre todo la redondez en los párrafos. Aunque sean de cera. ¡No! Nauseabunda hay una bujía encendida no sé por dónde. Vámonos al cuarto de baño. Su decoración aséptica me equilibra. Bruñido, matinal, te entrego unos buenos días de níquel y me zambullo en la cama. Porque estoy triste.

...(accionar título para ver el contenido íntegro)


Es un contenido de la Intitución Libre de Enseñanza - Residencia de Estudiantes publicado en su portal de Revistas de la Edad de Plata

Fecha publicación: 1.4.2014

Se respeta la licencia original del recurso.

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