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Carlos II: desmontando el mito de "El Hechizado"

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INFORMACIÓN DIDÁCTICA

Información curricular Materia: Historia de España Nivel educativo: 14-16 años/3º-4º ESO

La enraización del mito en la historiografía clásica

 Una de las labores más difíciles y a la vez más necesarias de los historiadores es desmontar con pruebas fehacientes aquellos mitos que llevan instaurados siglos en el relato histórico de un personaje, hecho, periodo o batalla. La adjetivación de Carlos II como “El rey Hechizado” ha estado prácticamente desde su muerte hasta el siglo XXI inexorablemente unida a cualquier aspecto tanto del Rey como de su reinado. Entendamos también que ese sobrenombre llevaba a sus espaldas una clara interpretación peyorativa y una serie de anécdotas y aspectos del hijo de Felipe IV que conformaban una interpretación de un rey débil, inútil para cualquier tarea de gobierno y el ejemplo humanizado de la decadencia de su dinastía.Con Carlos II aún en vida, el Marqués de Villars, en calidad de embajador francés en España, escribió en sus Memorias(1678-1682) un retrato muy negativo de la corte de Carlos II y del propio rey, visión que se perpetuaría y se proyectaría en autores tan reconocidos como Modesto Lafuente en su obra Historia General de España (1850–1867), hasta la llegada de ciertos cambios con las obras de Gabriel de Maura (Carlos II y su corte, 1911-1915 Vida y reinado de Carlos II, 1942) Donde si bien se mantiene esa sobreimportancia sobre sus debilidades físicas, se comienza a hacer una revisión positiva de sus valores morales de rectitud moral y piedad en comparación a sus predecesores, situándole en ese aspecto en un escalón alto dentro de los Austrias.Aun así, esa etiqueta o sobrenombre de “Hechizado”, alimentada por la morbosidad de sus supuestas taras físicas y anécdotas de su comportamiento, así como su posición en esa época de decadencia del imperio español, han dejado un poso en la cultura general difícil de remover. Es en la última década cuando se empieza a trabajar una nueva línea de investigación, con autores como Henry Kamen o Antonio Domínguez Ortiz, siendo claves los últimos estudios de Luis Ribot, que tras realizar una visión más genérica del reinado de Carlos II (El arte de gobernar. Estudios sobre la España de los Austrias, 2006) realiza posteriormente una revisión más profunda de la personalidad y la figura del rey. (Carlos II, El rey y su entorno cortesano, 2009) 

                                                                   Resultado de imagen de carlos II 

Retrato por Juan Carreño de Miranda (c. 1685).. Fuente: Wikipedia 

El papel de la mujer en la corte de Carlos II

Los primeros años a cargo de Mariana de Austria

Como era tradición y estaba así dispuesto, Carlos II en su niñez estuvo los primeros años en la casa de la Reina, donde se encargaban de su cuidado un amplio equipo de nodrizas, ayas y dueñas, además de la propia reina. Cuenta María Victoria López Cordón que tuvo hasta 14 amas de cría, además de no elimianr la lactancia hasta 1665, con 4 años, ya que se tenía pavor a que cualquier cambio alimenticio pudiese ser perjudicial para el príncipe. La influencia de las mujeres sobre el príncipe en esta etapa es indiscutible. Tanto la de la propia reina como la de su aya María Engracia Álvarez de Toledo. Hay que reseñar que aun tras la muerte de Felipe IV, el niño permaneció en la casa de la madre hasta los 7 años.Era muy común la presencia del príncipe en la habitación de la reina y viceversa, siempre ésta preocupada por el halo de incertidumbre que rodeaba la salud de su hijo. Sería a partir de 1667 cuando las figuras masculinas pasarían a adquirir algo más de valor en la vida del ya Rey Carlos II, nombrándose a Don Francisco Ramos de Manzano como maestro, siendo después puesta su atención en manos del mayordomo mayor, el caballerizo, el sumiller de corps y un gran número de servidores, en acuerdo a lo que mandaba la etiqueta borgoñona. Si bien su nuevo cargo implicaba su movimiento ya en ambientes masculinos, no cesaba ese ir y venir del rey a las estancias de la reina, y viceversa.Sería ya en 1675, con la mayoría de edad, cuando Carlos II se separaría de Mariana de Austria, habiendo cincelado en la personalidad del monarca una tendencia a la desconfianza y a la duda. Es de reseñar la labor que realizó Juan José de Austria (1629-1679) su medio hermano, en intentar distanciar a los dos antes de su muerte, con cierto éxito, volviéndose a reconciliar madre e hijo con la llegada de Maria Luisa de Orleans, la primera esposa de Carlos II, en enero de 1680, llevando a su madre de vuelta desde el Alcázar toledano donde se había instalado de vuelta a Madrid para esperar la llegada de la francesa.

                                                             Carlos II: desmontando el mito de

De izquierda a derecha: Mariana de Austria, Maria Luisa de Orleans y Mariana de Neoburgo. Fuente: Aventura de la Historia.

Primera mujer: Maria Luisa de Orleans

Maria Luisa de Orleans era hija de Felipe de Orleans, hermano menor de Luis XIV. Duró diez años en el cargo de reina, de 1679 a 1689, siempre acuciada por las tensiones que generaba el creer que influía en el monarca para favorecer los intereses franceses como el hecho de no concebir descendencia. Hoy en día no acaba de haber consenso en cuanto al valor de la figura de la reina María Luisa de Orleans en la corte y su verdadera influencia en Carlos II. Los tópicos la sitúan como una reina que aborrecía los asuntos políticos y a la que solo le preocupaba la equitación, el divertimento y las comidas (Despreciando la cocina española). Lo cierto es que ni tanto ni tan poco; el desapego político era algo común en las reinas consortes, si bien María Luisa nunca olvidó con qué fin se le había casado con el Rey Español y cuál era su función en la corte de Madrid.Resultado de imagen de maria luisa de orleans  

Su relación con Mariana de Austria, la cual entendía que con la llegada de la primera pasaba a ser reina madre y perdía poder, en principio no fue mala, aunque hubo algunos momentos de tensión. El mayor problema siempre fue la no llegada de un embarazo. Es de cultura popular una coplilla que corría por las calles de Madrid al respecto de este tema:

Parid, bella flor de lis,

en aflicción tan extraña,

si parís, parís a España,

si no parís, a París.

María Luisa de Orleans, reina de España - Colección - Museo Nacional del Prado. José García Hidalgo. 1679. Fuente: Wikipedia Siempre tuvo una actitud muy cariñosa y podríamos decir que llegó a amar a Carlos II, o por lo menos a saber amarlo. Su muerte en 1689, a causa de lo que hoy, ya de forma casi unánime, se acepta que fue una apendicitis, el cólico miserere de la época, desdeñando la idea conspiranoica de un envenenamiento, hundió al monarca, ya de por si frágil de ánimo, en una fuerte depresión que mermó más su salud. 

Segunda Mujer: Mariana de Neoburgo

Con la muerte de la reina sin dejar descendencia, el entorno de Carlos II no tardó en insistir al rey en un rápido nuevo casamiento, barajándose entre las opciones tres mujeres: Mariana de Neoburgo, Isabel de Portugal y por último Mariana, la hija de Cosimo III de Florencia. La elección no fue difícil ya que Mariana de Neoburgo era la única que carecía de sangre francesa y era hermana de la emperatriz, pensando ya la corte en situar el tablero favorable a los Austrias en caso de que el rey muriera sin descendencia.Mariana de Neoburgo era seis años menor que el Rey, contando veintidós en el momento del enlace. Era la duodécima hija del elector Felipe Guillermo del Palatinado, duque de Neoburgo, y de su esposa Isabel Amalia de Hessedarmstadt. Contaba además con el beneplácito no escrito de pertenecer a una familia de mujeres prolíficas en cuanto a descendencia. Nada menos que ocho meses tardó Mariana de Neoburgo desde su matrimonio por poderes en 1689 hasta que conoció a Carlos II en Simancas. El recibimiento de la nueva reina en el Alcázar fue el último gran acontecimiento de la monarquía de los Austrias. Era una mujer sumamente inteligente, con decisión, aunque pronto entendió los límites de poder a los que estaba sujeta. Aquí sí que el conflicto con la suegra no tardó en encenderse, a causa de la gobernación de los Países Bajos, ya que su suegra abogaba por el nombramiento de Maximiliano Manuel de Baviera, marido de su nieta María Antonia, mientras que Mariana de Neoburgo había prometido el cargo a su hermano mayor, el príncipe elector palatino Juan Guillermo.Al igual que la francesa, la nueva reina heredó el problema de no conseguir quedar embarazada, acudiendo a todo tipo de malremedios que le ofrecían para intentar paliar la no fecundación. Embarazos fingidos, cólicos, infecciones…La situación en la corte comenzaba a ser enormemente tensa, hasta que la muerte de Mariana de Austria en 1696 la permitiera ciertos alivios y una mayor tranquilidad, si bien no cesaron las intrigas, con ella ahora como protagonista. La muerte de su marido en 1700 le dejó a ella como regente de un reino en una situación incierta, pasando sus siguientes años de un lado para otro. Con Felipe V sería desterrada a Bayona, y no podría volver hasta 1739 cuando se instalaría en el Palacio del Infantado de Guadalajara, muriendo poco después el 16 de Julio de 1740.

Carlos II y la pervivencia del imperio: un debate historiográfico

En los últimos años uno de los puntos más interesantes y puesto a debate historiográfico sobre el reinado de Carlos II es cómo de fuertes y cómo de importantes fueron los esfuerzos destinados al mantenimiento de la monarquía y el imperio español. ¿Creía realmente Carlos II y su gobierno en poder mantener todas las posesiones o eran conscientes del proceso inevitable de caída del imperio español? Para Christopher Storss la respuesta es clara: sí. Una de las líneas de investigación que utiliza Storss para explicar su visión es la de que fue precisamente el abandono de las pretensiones imperiales lo que llevó a que se diera esa recuperación económica y social del siglo XVIII ya con los borbones. Argumenta que nunca dejaron de funcionar los grandes ejércitos en los territorios fuera de España, además de una extensa labor diplomática con el objetivo de mantener fuertes alianzas con otras potencias extranjeras. De esta forma se explica que a la muerte de Carlos II el imperio español fuese todavía de unas dimensiones enormes. Lo primero que hay que tener claro es que la España de Carlos II distaba mucho en cuanto a poder de lo que fue con su bisabuelo o tatarabuelo, incluso con su Felipe III o con su propio padre, Felipe IV. Storss considera que uno de los factores decisivos para este declive de poder es el resurgimiento de Francia, la cual con los Austrias mayores siempre había estado a la sombra y controlada. Aun con esto, Carlos II nunca quiso ceder ningún territorio del imperio, y es aquí donde el autor británico considera que se ha menoscabado o menospreciado esta labor de resistencia ante lo inevitable. Storss considera, citando a otro autor como es Rowlands, que hay que tener en cuenta el hecho de que los ejércitos y las armadas de las otras potencias, tanto aliadas como enemigas de España, no eran infalibles y en ciertos casos claramente inferiores a las del imperio, lo que explica los ciertos éxitos de Carlos II contra Luis XIV. Si observamos los conflictos por los que se repartían las fuerzas españolas, véase Flandes, Cataluña, Italia…Hay que comprender que también eran conflictos por los que tenían que repartirse las fuerzas francesas de Luis XIV, no siendo para nada una situación fácil para el país vecino.Es por ello que la labor diplomática de España era clave, como explica Juan Antonio Sánchez Belén, consiguiendo aliados que en muchos casos preferían ver territorios importantes como Las Indias en manos de un débil Carlos II que en manos de un astuto y poderoso Luis XIV, con un poder mercantilista y una eficacia de gobierno muchísimo mayor. Al fin y al cabo, Carlos II era incapaz de controlar realmente esos territorios, y mucho menos de hacer valer las leyes contra intrusos. Citando Storss a un autor ya nombrado aquí, Ribot, evidencia el poder de la diplomacia en la indudable lealtad de territorios como Sicilia, clave en rebeliones como la de Mesina, a favor de la monarquía hispánica.Por todo ello Storss concluye que la España de Carlos II en todo momento continuó siendo una sociedad preparada para la guerra y organizada para ello, no siempre pereciendo a manos del rey francés, si bien sí era evidente el abismo que se había abierto entre lo que la monarquía pretendía o creía que podía hacer y mantener y la realidad de la absoluta pérdida de relación entre los objetivos y la capacidad logística para cumplirlos, en lo que podríamos considerar una falta de visión o perspectiva de una posición dominante que ya no tenía el imperio español.A toda esta visión de Christopher Storss viene a puntualizar Julio Arroyo Vozmediano, experto en los tratados de partición que se sucedieron en el siglo XVII. Arroyo explica que en 1700 se produjeron dos tratados o textos jurídicos con el objetivo de solucionar la cuestión de la más que probable no sucesión en el trono español. Arroyo considera que en los dos textos se pueden observar detalles de una búsqueda clara de paz en Europa. En el testamento de Carlos II quedan claros los principios de independencia de la corona española y su integridad, puntos que llevan a Ribot a hablar de patriotismo en el juego de poderes de Europa. El otro texto del que hablamos es el tratado de Londres, que mientras duró sirvió para mantener la paz en Europa, si bien siempre condicionado a la no muerte de Carlos II.Arroyo considera que, si bien sí hubo un cierto valor o intención de mantener la monarquía española en un puesto de altura y de poder en Europa, pero siempre dirigido ese pensamiento a conseguir una estructura de paz estable, que se pudiera perpetuar un cierto tiempo. En su artículo Spain and the partition treaties (1697-1700) Expone una frase que es clarificadora acerca de la posición de España y Carlos II sobre los tratados de partición y específicamente el de 1700:“When news of the signature and the content of the treaty of 1700 was received, Carlos II resorted to the trick that he could always use: that of truncating the treaties ‘without other armies and navies than a single act of will’, as verbalized by Solsona, accompanied by other measures that underpinned the viability of the radical diplomatic shift signified by the testament.” (Cuando las noticias de la firma y el contenido del tratado de 1700 fueron recibidas, Carlos II recurrió al truco que siempre pudo usar: El de truncar los tratados “Sin otros ejércitos o marinas que un solo acto de voluntad” como explicó Solsona, acompañado de otras medidas que apuntalaron la viabilidad del radical cambio diplomático expuesto por el testamento). Como sabemos, Carlos II rechazó ese tratado, nombrando como nuevo sucesor a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, el futuro Felipe V. Arroyo considera que la opción que tomó Carlos II fue la única que podía satisfacer a Luis XIV y las garantías que se le habían ofrecido acerca de la supervivencia de la monarquía española, ya que sabía que la partición sería imposible sin una guerra.

                                                     Carlos II: desmontando el mito de

Felipe V (1723, Jean Ranc, Museo del Prado) y Luis XIV de Francia (1701, Hyacinthe Rigaud, Museo del Louvre) Fuente: Museo del Prado  

Breves reflexiones sobre su gobierno: luces y sombras

Lo primero que hay que entender es que uno de los factores más importantes de la mala fama del reinado del último de los Austrias es la labor que realizaron en este aspecto la nueva dinastía borbón en España. Es un método clásico para legitimar la posición de un nuevo rey, situarla como contrapunto, como antagónica al reinado anterior. Como ya hemos dicho, ese sobrenombre de “El Hechizado” responde a la visión de unos médicos extranjeros en el final de su reinado, en un momento histórico donde el recurrir a pensamientos de poderes malignos y supercherías era algo común. ¿Fue Carlos II un mal rey? Objetivamente sí, quizás el peor de los Austrias, pero si lo comparamos con aquellos que le sucedieron, ya dentro de la dinastía borbónica, de los anteriores a la Restauración de 1875, solo podemos situar en un escalón por encima de Carlos II a Felipe V y como era obvio; Carlos III. En esta línea, es sencillo ver al último de los Austrias varios escalones por encima en cuanto a dignidad y ética de reyes como Carlos IV y Fernando VII.Otro de los factores que desde el principio no jugaron a su favor fue las condiciones en la que heredó el reino. Una monarquía muy alejada de aquello que fue con su tatarabuelo y su bisabuelo. Además, le tocó competir con uno de los más inteligentes y grandes reyes de la edad Moderna, Luis XIV, el cual tenía a su vez como uno de sus principales objetivos debilitar a la monarquía española. Aun siendo un rey que no se dedicó en cuerpo y alma a las tareas de gobierno, muchas veces por su poca confianza en él mismo, que le hacían considerar una mejor opción dejar esas tareas en figuras como el Duque de Medinaceli o el de Oropesa, sí que tuvo buenas decisiones en determinados aspectos. Por ejemplo, fue determinante su oposición al expolio de las pinturas del patrimonio español por parte de Mariana de Neoburgo, la cual quería regalárselas a su hermano Juan Guillermo del Palatinado, siendo en este aspecto de reseñar la firmeza del Rey. El mayor problema, el cual por otra parte fue siempre acuciante en casi todos los reinados de los Austrias, fue la dificultad económica de financiar ejércitos, tanto de tierra como de mar, para defender las ingentes posesiones que tenían a lo largo del globo.Por ejemplo, en el caso de Italia, España mantuvo una posición de fuerte liderazgo y dominio, manteniendo las posesiones en Nápoles, Sicilia y Milán gracias a la elección de hombres muy válidos como gobernadores de aquellos territorios, algo que difiere del caso de las posesiones en los Países Bajos, donde la situación sí fue de clara decadencia. Es reseñable medidas económicas como la creación de la Junta de Comercio en 1679, la cual vino a solucionar los problemas de las manipulaciones monetarias, así como la reorganización de la Hacienda Castellana y reducir drásticamente la deuda por los juros que heredó. En el campo de los impuestos, no solo no se acrecentaron con Carlos II, sino que en algunos casos se redujo la presión impositiva sobre la población.

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