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Volverla a ver

Al asomarme al balcón del hotel, estrenando la luz de la mañana, a aquel balcón que dominaba el caserío y el puerto, la tierra que me sostenía, el mar que a ella me trajo, y muy al fondo la sigilosa línea embozada de la costa de Europa, de donde vine y donde nací; a aquel balcón que daba a sutiles bosquecillos blancos, crestas de olas, a ondulación marina y verdosa de pinares, al trabajo y al ocio, a Dios y a los hombres, casi a una perfecta síntesis filosófica y autobiográfica de mis veintitrés años, lo primero que vi, lo único que vi, fue su nombre. Había llovido la noche anterior, de modo que estaba limpio, legible, brillante como una decisión de espíritu sencillo. Calculaba yo: «Las letras deben de tener por lo menos veinte metros, porque desde aquí, y estoy lejos, se leen muy bien». Y paseaba sensualmente la vista por los enormes caracteres refiriéndolos con deleitosa complacencia a la persona de carne y hueso a que aludían. La L firme y precisa, como su silueta en marcha, y ahora inmóvil. La X con sus dos aspas, tan parecidas a aquellos dos caprichos suyos, contradictorios, de una tarde, cruzados; a una cosa que quiso primero y después desdeñó porque quería la que dejaba por aquella, y yo vi muy claro que en el fondo eran ambas las deseadas, así, juntas y contrarias, como en la letra, las dos. La S semejante a sus bromas, sinuosas y rematadas con refinada perfección, pero a veces tan secas, tan inquietantes que parecían una Z. De la B me apartaba a toda prisa, fugitivo de su vista, de la envuelta indicación pareja de un pecho firme y momentáneamente eterno, sin respiro. La Y me empapó todo, como un rocío, del recuerdo de una tarde en el tenis, cuando su enigmático carácter, sostenido en su grácil cuerpo, se sostenía, tendido y esforzado, en la blanca punta del pie, cual si anduviera por invisible cuerda echada de la tarde a la noche, sobre el rojizo abismo del crepúsculo. Pero en ninguna me detenía tanto como en esa deliciosa V, discreta muestra de su corazón, estilizada oferta del bien más puro y deseado, noble corazón que estaba todo el día en el tejado, mirando al cielo. Cuando las nubes volanderas jugaban a tapar y destapar con el sol, luces y sombras, cayendo sobre la V en fingidas sístoles y diástoles luminosas, la animaban con una vida embriagadora y falsa, y parecía que mi sangre marchaba al compás marcado por aquel inhumano, óptico latido. Hasta el punto, que meticulosamente cerraba el nombre, fuera ya de él, despidiendo de él, pero todavía suyo, me recordaba las despedidas, el adiós final, redondo y rodado con que ella al mismo tiempo que me alejaba de su presencia me tendía ya el cabo del recuerdo. Se me cansaron los ojos de fijarme ya tanto en el nombre trazado con gigantescas letras negras sobre el rojo tejado del gran depósito de la casa, en el muelle. Había que apartarlos de allí. Precisamente, como si hubiera oído mi antojo de otra cosa y la misma, un barco entraba en el puerto, delicadamente colgado de las azules bambalinas celestes por un leve hilo de humo, tan leve y casi invisible que parecía que el barco marchaba solo. Por afán de distracción cogí los gemelos, me acerqué el vapor a los ojos, y fui a poner la vista en el nombre del navío. Y ¡oh maravilla! las mismas letras tendidas al sol, en el tejado, reposadas e indelebles a la sombra constante de mi pensamiento, eran las que se ostentaban pintadas todas de blanco, como sus trajes estivales de yachtwoman, en los costados de aquel vapor, de aquella aparición. Las olas corrían apresuradamente a humillarse con espumeante alegría, una tras otra, ante sus pies, como cumplidos fáciles y monótonos. Y un cortejo de gaviotas que revoloteaba insistentemente sobre el barco no dudé que iba acechando la más propicia ocasión para caer sobre aquellos caracteres y llevarse cada cual su letra en el pico, tesoro precioso eternamente disperso, diamantes sin sentido separados de la joya perfecta por inhábiles ladrones. El nombre iba entrando majestuosamente en la rada. Le saludaron, con sus desgarrados pañuelos, dos o tres sirenas, en bienvenida. Un remolcador se precipitó oficiosamente a su encuentro cumpliendo papel de criado que al detenerse el coche despliega el estribo donde se va a posar el pie de su señora. Luego el nombre dio unas vueltas, se paró; y para estarse tan quieto y legible como el del tejado sólo le sobraba el leve balanceo del puerto, última coquetería del mar, recuerdo complacido de la travesía en el reposo. Iba a dejar los gemelos cuando en alto mástil vi una banderola chillona y estremecida de brisa, con algo, temblando, escrito en ella. No, no era su nombre. Demasiado grande, muchas letras, para subirlas a todas tan arriba. A nadie se le ocurre que llegaremos a los cielos con las vestiduras y alhajas que en el mundo consideramos indispensables, sino purificados, hechos compendio, vueltos alma. Así ella escrita en los azules cielos matinales ascendía hasta allí tras la previa depuración de su nombre en dos iniciales, P. B., incompleta y esencial, y la blanca banderola marcaba con dos letras rojas su triunfo definitivo, la posesión celeste. Exquisita delicia esta de volverse de espaldas al alma para pensar en ella, de tener que abrir los ojos, en avizorante atención a lo exterior, en lugar de cerrarlos melancólicamente, buscadores de íntimas contemplaciones. Para recordarla no había que tocar sutiles resortes mentales que dieran suelta a evocaciones secretas; bastaba con el ejercicio puro y simplicísimo de un sentido corporal, con pasear la mirada por tierra, mar y cielos, seguro de encontrarla doquiera, alegre y cosquilleada la nuca por el viento, en las banderolas, grave y perezosa en el tejado, y aún temblorosa, húmeda, llorada, en blancos reflejos, cuando se duplicaban deformadamente en el agua de la rada las blancas letras pintadas en los lados del vapor. Todos los ámbitos de la vida, espacios surcados por quillas, alas o plantas, tenían su marca y señal, cantarines de la gloria y poderío de una criatura sobre el mundo. Y de pronto, al traer la mirada más cerca, al amplio bulevar que estaba a mis pies, vi que un camión enorme y gris se llevaba a toda prisa, con alegres mugidos de toro raptor, su nombre, pintado en azul. Lo llevaría por la ciudad y los campos, para que ojos atónitos lo deletrearan rápidamente, sin comprender su significado, como una escritura fugaz y sagrada; lo pasearía orgullosamente indiferente como el pendón de un conquistador en la recién ganada villa. Ya rendido de tanta presencia cerré los ojos, para no pensar en ella. Pero también estaba aquí a este lado, dentro, escrita al revés como una página copiada en un espejo, que al principio no se ve clara, pero que se entiende enseguida en cuanto se la lea a la inversa, empezando por la izquierda del corazón. Me puse a distraerme, a huir de ella; leí un rato, fui a las librerías, compré papel de escribir de muchas clases escogiendo minuciosamente, me paré ante una cartelera, leyendo con atención los anuncios de unos espectáculos repulsivos; compuse en suma, una hora artificial y fingida, encarnizadamente, como se compone por capricho y distracción un poemita latino, pero que luego resulta acróstico porque sin querer empezamos cada verso con una de esas letras que tan grabadas tenemos en un orden dado y que precisamente queríamos olvidar con tal entretenimiento. Desesperado volví al hotel, entré furtivamente en el ascensor, en mi cuarto, en la cama. De pronto el timbre del teléfono dio un brusco tirón del silencio, le volteó como una ancha campana: «Preguntan por el señor». «¿Quién; qué nombre?» Y con los ojos cerrados, como los cierra el reo ante los fusiles del pelotón que le va a quitar la vida, para no ver lo que es seguro, aquello de que no escapará, esperé yo que ascendiera, dicho, cantado, exaltado hasta aquel quinto piso por la voz ronca del portero aquel nombre —MISS PRISCILLA BEEXLEY— que me iba derecho allí donde ya estaba, al corazón. Contra mi costumbre pedí el ascensor. Tardó. No subía, acaso no subiría nunca, quizá el timbre que yo acababa de oprimir se había estropeado e iba yo a estarme allí en el descansillo, a veinticinco metros de Miss Beexley, incomunicado con ella para siempre, suspendido en el espacio intermedio y mostrenco de un rellano de escalera, entre el cielo y la tierra, como un ángel castigado de Dios. Porque claro es que no había que pensar en el otro camino, en bajar hasta ella de escalón en escalón. Así se iba a todas las cosas sólitas y sin importancia, al museo, al club, al embarcadero, a Europa, a América, a lo desconocido. Pero yo no me dirigía en el presente momento a paraje identificable en norte o sur, en capricho o desesperación, sino a un lugar que solo tiene acceso por una inmersión súbita y decisiva, por una caída tan impuesta y voluntariosa, simultáneamente, que la fuerza de gravedad que nos arrastra se antoja ejercicio desembarazado y libre, graciosa atribución humana. La voluntad estaba tan empeñada en una cosa, que no podía convertirse en motriz de ningún miembro corpóreo, porque toda su fuerza la aplicaba a querer, a querer en la inmovilidad. Por eso la escalera era imposible, y allí donde yo iba requeríase marchar con los ojos cerrados, quieto, rígido, como las momias egipcias marchan, en una dirección precisamente opuesta, solemnes y perfumadas, en el momentáneo ataúd del ascensor. Y aun marchar, ir, no son palabras justas. Hundirse, como la esponja, que a medida que desciende se precipita más, porque su misma caída, agua, peso, la empapa de acelerada prisa en caer. Así yo había de hundirme hasta una arena fina sembrada de horas complicadas y fragilísimas como corales, de floraciones intrincadas y mal definidas, tipos de algas que no se ha llegado a catalogar, de conchas cerradas o entreabiertas, deliciosamente irisadas y todas sin perla. Arena dormida bajo capas de tiempo. Porque donde yo iba era al pasado, al pasado de Priscilla y mío; iba después de tres años, por vez primera, a volverla a ver. Repentino, sordo y encendido como la llama saltó delante de mí el ascensor, abriéndome su corazón asalariado. No tuve que dar más que un paso, adentro. Y la vida comenzó a correr, vertiginosamente al revés. Se deshacía el tiempo, conforme lo atravesaba el ascensor. Al cruzar por cada piso se leían como en una columna de termómetro, las distancias aniquiladas. Los tres años que de Priscilla me separaban al comenzar, eran solo dos frente al segundo piso, apenas unos meses al cruzar por delante de la esmerilada puerta del entresuelo, y se reducían milagrosamente a semanas, a días, a horas, con rapidez exactamente paralela a la del descenso, conforme nos acercábamos a tierra. Y cuando, ya abajo, el criado alzó la cortina tendida ante la puerta del salón donde Priscilla esperaba, me encontré con que los tres años de vida en ausencia estaban completamente desvividos y que este día de volverla a ver era, abolición perfecta y sin rastro de los tiempos intermedios, el día mismo que nos despedimos.

...(accionar título para ver el contenido íntegro)


Es un contenido de la Intitución Libre de Enseñanza - Residencia de Estudiantes publicado en su portal de Revistas de la Edad de Plata

Autores:

Fecha publicación: 1.4.2014

Se respeta la licencia original del recurso.

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